lunes, 3 de agosto de 2015

La jeringuita de vidrio

Eso de poner inyecciones con la jeringuita de vidrio era todo un arte que, en cierto modo, por fortuna se ha comenzado a olvidar.
Había que cocinarla por mucho rato para la aguja poder desinfectar.
La jeringuita vivía en un estuche metálico de bordes redondeados, que presumía ser de seguridad. Pero qué va... Con su vieja aguja gigante nada podía tener seguridad. Justificado estaba el pánico de los niños, que aunque aún no conocían los riesgos de su incansable andar... sí reconocían el penetrante chuzón de esa jeringuita, que se la pasaba de cola en cola y luego en ollas de cocinar.
La aguja, junto al termómetro, curiosamente coincidían con la fiebre, las ronchas o el malestar; se metía en la carne de los niños y los abuelos, ignorando el padecimiento que producía al traspasar.
A veces los niños suplicaban por una sábana mojada sobre la cama o la cuna, incluso en la frente del más audaz, intentando esquivar el dolor de aguja que era siempre muchísimo mayor al del malestar.
Muy poca gente dominaba o ensayaba el arriesgado arte de inyectar.
Pero la mamá sí lo sabía y por eso recibía visitas inesperadas, a cualquier hora, de algún extraño enfermo, a punto de desmayar.

miércoles, 17 de junio de 2015

Una navidad para coser (Cuento de navidad 3)

Diana llamó a la modista para coser un cuento. En pleno junio, quiso un cuento de navidad. La modista le dijo que si, que tenía una manojo de recuerdos deshilachados, que pronto se pondría a coserlos para que su deseo pudiera conjurar. Y así culminó entonces una serie de tres cuentitos medianamente cosidos, que tenían por fin salvar de cualquier posible olvido las experiencias más hermosas e íntimas del sentimiento de la hermandad.
Y fue así que con los años la familia creció y con ella crecieron los encuentros, las risas, los pesebres, los árboles, los regalos o aguinaldos y las cenas de navidad.
Cinco hijos, ocho nietos, cuatro bisnietos y medio, cuñadas y cuñados, esposas o esposos de nietos y bisnietos. Novios y novias que van y vienen o que se van para nunca retornar. Una gran familia conservando juntos el corazón inmenso de los sueños de la navidad.
Ya no están en carne y hueso la abuela Teresa, Ester, Fabio, Necho, Claudia o Trina; pareciera que ya no están tan cerca para acompañar la navidad. Pero eso es falso, porque cuando la gente muere, se transforma en experiencia interna, que lo habita a uno a cada instante, y eso no tiene un nombre, que lo pueda revelar.
Claro que aún quedamos muchos y entre todos nos aprendimos a abrigar.
Ahora hijas mayores y menores junto a las primeras nietas en llegar, se proponen cada año invitar a las familias de primos y primas con sus respectivos hijos más sus abuelos, con hojuelas, dulce de coco y natilla para comenzar. Entonces la música se enciende. El árbol verde grande hay que decorar. Las mil luces deben enredarse, antes de que empiecen destellantes a iluminar. Se ensaya en qué lugar cada cosa va a quedar, y un enorme pesebre, un árbol y como cien mil adornos, la casa paterna se empieza a engalanar.
¿Eso no es mucho? pregunta Cuty cada año. Todas responden ¡y eso que falta más!
Inútil sería un concurso de amor por la navidad, pues cada uno tiene su historia viva, llena de dulces recuerdos con el regalo de ser familia en pleno, eso todos lo saben, con absoluta claridad.
No importa si empiezan un mes o dos antes, si prenden cien faroles, si de techo a piso cubren la casa de adornos, si hacen villas y ponen trenes, si prenden luces de finca o elevan globos, si sólo música de diciembre, si sacan de nuevo la lora tadina, para todos... eso es la navidad. Y cada año se escribe una nueva carta, pidiendo a dios niño, desde el más oculto secreto, nuevos regalos imaginados, porque "me he portado bien y he rezado mucho durante toda la navidad".
20 años quizás cumple un pesebre enorme en el parque de la Castellana. 20 años o toda una vida de acompañar al papá-abuelo que no cesa de jugar, con su alma limpia de niño y su ilusión intacta, como quizás la abuela Isabel le enseñó, 84 años hacia atrás.
Una mamá con un sombrero verde de duende de navidad, bufanda a cuadros roja-y-verde y una sonrisa abierta de par en par, sabe que esposo, hijos (as), nietos (as), bisnietos (a), hermanos (as), amigos(as), familia toda, en cada navidad encienden vivo su recuerdo esos mismos que mantienen intactos durante el resto del año sin declinar.

El pesebre cambiante: (Cuento de navidad 2)

Quizás ningún pesebre tenía una lora tan hermosa y andariega, como la que tenían aquellos cinco niños. En ocasiones la lora de loza se trepaba al techo de la casa amarilla-y-roja, y sin saberse cómo, aparecía después en las ramas de un carbonero que hacía las veces de paisaje verde, en el que el verde animal "sabía" que nadie nunca lo podría desalojar.
Musgo y carbonero emanaban un aroma exquisito a naturaleza fresca capaz de durar con fuerza por toda la navidad.
El pesebre parecía vivo. No sólo la lora se movía. Los reyes también caminaban en las noches, de un lado para otro, sin cesar. Incluso el pueblo de casas pintadas, con sus 10 gallinas y huevitos, o el lago de espejos con sus patos de nunca nadar, no tenían problemas en cambiar todos los días su geografía, su apariencia y su historia, para comenzar de nuevo a volverla a imaginar.
Al parecer los hacía moverse la ilusión infantil de cada uno de los cinco niños, que re-ordenaban ese pequeño mundo representado, para volverlo un recuerdo hermoso, que guardarían desde su infancia hasta su privada eternidad. Creían que con sólo moverlo todo, podrían apresurar la tan ansiada llegada del niño dios.
No era así. Nunca lo fue. Pero jamás dejaron de intentarlo.
Así que un día, año tras año, después de muchas novenas rezadas de casa en casa, al fin llegaba, como de sorpresa, lo más esperado de toda "la navidad".
Se trataba del niño dios. No había faltado quien lo pistiara, cada noche de navidad; jamás mientras fueron niños pudieron atraparlo.
Tal vez porque siempre había una disculpa: ¡Creo que dejé el fogón encendido. Seguí vos con los niños que yo voy a verificar! Decía la mamá. ¿Si cerraste la puerta? ¡No traje saco, ya vengo que lo voy a sacar!
Ehhhh, siempre pasa lo mismo, con el papá o con la mamá -pensaban los niños mayores-. Tan demorados y tan elevados. Siempre se tienen que devolver a revisar.
Y la visita donde la abuela Teresa se volvía eterna a pesar de los globos, las pilas, las estrellitas, los totes, los voladores o los peligrosos borrachitos de pólvora para tirar.
Los niños decían: ¡Vámonos para la casa que ya queremos llegar. Tenemos mucho, mucho sueño. Y el niño dios se va a perder, y si no nos encuentra, nada nos va a dejar!
¡Todavía no, decía Ester! Quédense aquí con todos los primos que vamos a empezar a jugar. Mientras tanto, coman natilla y buñuelos, hojuelas ricas que hice para disfrutar.
Al llegar a casa, el pesebre se había movido de nuevo. El niño dios, ahora en su cuna de paja podía estar. ¿Cómo llegó? Nadie lo sabía pero no había tiempo para preguntar.
¡Los regaaaaloooos… Qué montón… Comencemos a destapar! Me trajo un carro, un triciclo y muchas cosas más; y a mí una billetera azul y tres bluyines que mañana comienzo a estrenar. Los gritos salían de casa en casa, muy de madrugada hasta que el sueño a cada niño lo vencía y lo volvía a cobijar.
Y así aprendieron a transmitir de año en año, y de niño en niño, nietas, sobrinos o primos, el gusto enorme por la magia bella de la navidad.
La lora se fue a vivir a otro pesebre muy lejos de la casa original, para mantener viva en otros niños, la ilusión que trae consigo cada historia viva de la navidad.

El arbolito de algodón (Cuento de navidad 1)

Cuando la radio empezaba a sonar los villancicos, para esos niños en particular, todo se volvía una nueva promesa de felicidad. Sólo entonces comenzaban los preparativos mágicos de cada año y se machacaban tapas de gaseosas para armar el cascabel musical.
El padre decía: ¡Iremos al monte este domingo, a buscar un gran chamizo seco para nuestro árbol de navidad! Así que juntos caminaban manga arriba detrás de la iglesia de Santa Rosa de Lima.
Los niños imaginaban de nuevo la fiesta del engrudo cálido y el algodón blanquito, las "instalaciones" de luces de colores y las brillantes bolas de vidrio... con el tradicional pollo y el tradicional diablito.
En esas bolas de vidrio, en las noches de todo diciembre, sin otra luz que la que la del árbol-chamizo, los niños se miraban siempre de nuevo, para saber qué tanto habían crecido sus sueños y su bondad. Forraban el tarro, lo llenaban de piedras y sabían que quince días después volvían a pasear.

miércoles, 10 de junio de 2015

Paseo en tren

Los más queridos paseos de la infancia fueron quizás los que iniciaban en la estación del tren.
UUU, chucu, chucu, ssssh... ¡llegó el tren. Todos arriba!
Siéntense juntos en las bancas de madera, no corran que los van a regañar.
¡Esta ventanilla no abre, mamá! Déjela quieta.
Era tanta la alegría que nada podía a los niños asustar. Ni las estaciones de Bello, Barbosa, Botero, Porcesito, Santiago o Cisneros. Ni el sonido encapsulado del oscuro y largo túnel de la Quiebra, ni las apresuradas cañas que corrían al revés, una por una, sin cesar.
Todo el viaje prometía siempre nuevas hazañas y muchos detalles para recordar...
Luego del túnel, una luz dulce con olor a hojaldras. Y entonces… ¡todos abajo, a descender del tren. Me dan la mano. No se vayan solos. Todos junticos hasta que se vaya el tren!
Qué cuerpos tan pequeños para máquinas tan gigantes. Qué confusión de estación con cada tren en su vaivén.
¡Y ahora vamos a caminar. Vamos para los charcos!
Que delicia recorrer la carrilera, saltar de uno en uno sus polines ordenados, pasar los puentes altos, juegos lindos para recordar la vida entera.
Y entonces, como en una promesa cumplida, aparecían los charcos. La "plancha" se llamaba uno de ellos. Su característico frio, apagaba siempre el calor sofocante del lugar. A jugar con la pelota, a saltar, a correr y a volver a jugar.
¡Tengo hambre, mamá! Ya vamos a comer, respondía ella. ¡Sálganse ya!
Al poco rato, ofrecía una comida envuelta en hojas, que retornaba las fuerzas y todo se volvía a alborozar. Fiambre se llamaba a este envuelto, hecho tal vez de madrugada, por el generoso papá.
De nuevo al tren. Vamos para la casa. Que Carlos no se quede ayúdenme-lo a cuidar.
Qué regalo inolvidable es un paseo. No importa si es a Barbosa, Girardota, Don Matías o a deslizarse en cartones por la inexplorada Iguaná.
Lo importante es estar al lado del latir seguro de corazones, de los amados papás.

jueves, 4 de junio de 2015

Los músicos secretos

Cuentan que en la ciudad, a los niños que se habían portado muy bien durante la semana, los llevaban a juniniar y a tomar el algo en un lugar llamado el Astor. Ese era un lugar mágico porque allí vivían hermosos sapitos cuadrados con cabeza de mantequilla y saltones ojos coquetos. A su lado reposaban las tortas cafés y las rosadas, todas ricas, blanditas, deliciosas, apenas justitas para que comieran con placer los papás y su adorado quinteto.
Cuando la plata alcanzaba, las mamás compraban gigantescas copas de helados. Mmmm que delicia esas copas altas y frías, blancas rosadas o cafés de todos modos la mejor de las bebidas.
Quienes iban a pasear al centro llegaban llenos de dulce, si, y también llenos de dulces... recuerdos que durarían por el resto de sus vidas.
Quienes no iban... aprovechaban para dar rienda suelta a su loca creatividad.
Unas veces era día de disfraces con los atuendos que celosamente guardaba la mamá. Sin pedir permiso se tomaban sombreros, zapatos, guantes y bolsos para comenzar a imaginar. ¿Qué haremos hoy preguntaba una de las niñas? Pues vámonos de mentiritas a juniniar, responde oronda su hermana comenzando a taconear. Y entre disfraz y disfraz compensaban la ausencia de sus viajes al centro ya fuera por castigo o porque no les tocaba el día para salir a pasear.
Los niños varones en cambio jugaban bolas, vuelta a Colombia, elevaban bombas inflables o intercambiaban caramelos del último álbum que querían coleccionar.
Sólo pocas veces, estando todos solos, sin la mirada de la mamá o del papá, sacaban juntos a relucir su vena musical. Y entonces el conjunto Los Retazos comenzaba su ensayo descomunal. Aparecían vibrantes y percutentes, ollas, tapas, molinillos, baldes, sonajeros de tapas y cualquier otro instrumento convertido en ruido más que sonido, pero a los niños eso no les caía mal.
Quizá los mayores era quienes cantaban. Ya nadie lo sabe con seguridad. Sin embargo aún se escuchan los ecos de una voz que gritaba, creyendo que cantaba, y gritaba y gritaba, hasta que llegaba la mamá.
¡Qué es este reblujo! ¡Quién empezó! Me guardan todo eso ya o los voy a castigar.
Hasta ahí llegaba la música y entre sustos y risas los niños aprovechaban para, de tanto bullicio, irse a descansar.

lunes, 1 de junio de 2015

Juan Guillermo Rúa, un negro generosamente negro

Y un viejo cuento decidió contar la historia de su amigo juglar y teatrero. Se llamaba Juan Guillermo Rúa. Dijo entonces:
Todo el mundo sabía que era el negro más generosamente negro que se conocía. Un negro de dientes grandes y no exactamente blancos; negro de corazón enorme, negro artista, negro escritor, negro-negro, negro zancos, negro trapos; negro Juangui, negro risas, negro cantor, negro ambulante.
El cuento lo recordaba con su trusa rojo y negro, o más que trusa… con sus trapos que no eran sino restos y testigos roídos de viejos juegos olímpicos suramericanos.
Negro envuelto medio en rojo y medio en negro, de la cabeza a los pies rojo y negro, para sus rutinarios ejercicios de teatro. ¿Qué obra ponía en juego aquel día? ¿Sería la moneda del centavo y medio? El viejo cuento ya no lo recuerda bien. Pero sabía que había sido el mejor juglar de todos los buenos juglares.
Cantaba acompañado del cuatro llanero las más bellas poesías.
A veces le escribía cartas a Tell, su amiga imaginaria, su confidente, su secreta almohada.
Un día en la EPA le dieron un merecido reconocimiento a través del símbolo de la flautista Uyumbe y él, ya ciego por completo de los ojos, más no ciego del gusto, ni tampoco de su alma, se dejó abrazar de esa multitud en la que el cuento también estaba. Muchos, muchos aplaudían y aplaudían y no se cansaban de aplaudir para decirle gracias. Gracias negro querido era lo que todos balbuceaban con las palmas de sus manos. El cuento contó por muchos años que por supuesto él tampoco dejaba de juntar sus manos, excepto para secar de cuando en cuando una lágrima errante salida de su corazón hermano.
Nadie previó que eso de la muerte pudiera ser tan temprano. Cuando Juangui se murió, a causa de los tumores cerebrales nadie sabía aún qué debía sentir y menos qué debía pensar. Muchos habían donado sangre para sus últimas operaciones queriendo prolongar con su RH una vida generosa y disfrutada.
En fin, decía el cuento, para no alargar la historia y los recuerdos, contaré también algo hermoso que sucedió el día de su muerte.
Sus amigos, conocidos y hasta sus nuevos extraños, fueron a visitarlo por última vez. Juangui estaba en una sede de teatreros en el barrio Prado de Medellín. Con sólo entrar dos metros... allí estaba él. Tendido sobre una mesa. Vestido de negro como listo de nuevo para actuar. Y en su cara negra, tan negra como la tuvo en vida, o tan negra como se la dio la muerte, sus amigos decidieron regalarle un solyluna con media cara dorada sobre el bello negro de su cuerpo y media azul sobre el otro negro que iniciaba en su cara y llegaba hasta su limpia alma. Allí estaba el negro querido.
Y todos pensaban: ¡Te ves tan hermoso¡ Se les olvidaba a ratos que estaba muerto, rígido y frío. La “mirella” en su cara negra solyluna parecía una suerte de estrellitas fugaces, que jugaban alocadas en sus gestos creados en el teatro, pronto ausentes para siempre, o quizás danzando entre ausentes y presentes. Estaba tan lindo que nadie sufría, ni tenía miedo a nada. Ahí estaba en su última gran, magistral y cadavérica representación.
Bueno... siguió el cuento recordando... Y entonces... se llegó la hora de llevarlo a la iglesia, tal como Dios manda. Llegó el momento de despedirlo cristianamente como sus ancestros lo hubieran esperado. ¡Qué macabramente bello fue su entierro! Recuerdo, dijo el cuento, la escena a la entrada de la iglesia. Estábamos juntos todos los locos que lo amábamos y respetábamos. Éramos muchos. Seguimos siéndolo. Jhon Sosa el poeta de la librería, le cantó Elegía como sólo Serrat lo hubiera superado. Los zanqueros iban de aquí para allá y de allá para ninguna parte. Los danzarines estaban hermosamente maquillados. Todos contaban con una flor en la mano. ¡Todos estábamos invitados para enterrarte. Éramos tus admiradores, tus amigos, tus narraciones andantes...!
Las mujeres decían: ¡Estas muy lindo maldingo negro!
Toda su cara brillaba.
Y con sonrisa picarona el cuento continuó, ya hundido en sus más entrañables recuerdos. Y dijo, como si le hablara a Juangui: ¿Recuerdas la cara del cura? ¿Recuerdas sus palabras? Disculpa, dijo después. Se me olvidó que estabas muerto. Pero si hubieras estado vivo, hubieras visto la cara del cura cuando gravemente sentenciaba: ¡Esta es la casa de Dios. Aquí no entran esos payasos. Que se bajen de sus zancos y comenzaré la misa! Pero nadie declinó. Todos esperábamos pacientes a que la casa de Dios abriera sus puertas para tu merecida cristiana sepultura. Nadie olvidaba que allí estaba tu madre y Edgar tu querido hermano. Maldingo negro, balbuceó triste también el cuento. ¿Por qué te moriste? Tantas veces nos encontramos entre las risas con los de gimnasia, con el amigo Chiripa y sonri, la amiga flaca. De eso sí te debes acordar. Ella y tú jugaron a ser novios sin serlo jamás. No seas ingrato; no me digas que no te acordás. Con la flaca intentaste tocar la flauta dulce; hasta se supone que ella te la enseñaba. Preparabas una gran obra en un gran tablero de ajedrez, y a ella siempre la invitabas. Lo recuerdo como si fuera hoy, que te pasabas el día allá arriba del teatro de la UdeA, donde actuabas en cada cuadro, con tus extrañas y profundas palabras.
Que te hayas muerto no te salva de los recuerdos. Bueno... pero volvamos sobre tu muerte, no te me volés hacia la vida. Volvete serio amigo mío.
No recuerdo el nombre de esa iglesia pero recuerdo que mientras esperábamos que abrieran las puertas pasaron varias horas poéticas al lado de tu cadáver. Por fin la misa. ¡Qué solemnidad!
Más tarde, la flaca estaba allí contigo camino al cementerio. A su lado Clara Mónica, la otra negra, artista y amiga, con otra flor roja y caliente, por estar tanto en su mano.
Entonces no puedo olvidar a esa multitud que te decía adiós frente a tu féretro abierto. Tampoco puedo olvidar que hasta el final fuiste un negro amigo escandaloso. Ibas destapado por las calles y los curiosos vecinos de los balcones se encontraban de topetán con algo entre macabro y hermoso. Veían un ataúd con un negro solyluna adentro, y tras él, en un acto de amor infinito, una multitud que daba una palmada acompasada con pasos muy chiquiticos en homenaje a vos. No importaba si era una cuadra, dos, diez, quince... Cada paso estaba palmoteado.
Recuerdo que hasta mis brazos de cuento me dolían y ya no daban más por el cansancio. Eran muchas cuadras para palmotear. Pero sabía que sería por una sola vez. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo no despedirte como te lo merecías? Si hubieras estado vivo lo hubieras hecho por algún otro amigo tuyo o amigo de la cultura. Aunque a decir verdad, por nadie más lo haría de nuevo. Es mucho esfuerzo, hasta para contarlo.
Recuerdo las damas gordas y canosas al salir a sus balcones. ¡Qué sorpresa que ese ruido extraño de palmas que se iba acercando como una ola despiadada y bulliciosa, fuera del compás de la muerte de un amigo!
A la flaca le parecía fascinante el espectáculo; digno de ti, lo dijo siempre. Y un gran velo de colores cobijó entre la multitud ríos de tambores, flautas, poetas y bailarines.
Y vos al frente, digno, recio, muerto, negro, lindo, claro, transparente y generoso como siempre te habíamos conocido. Por fin llegamos al cementario. Todos hacían fila para despedirte. Un beso, una flor, un adiós, un silencio. Yo me preguntaba...¿Me acerco? ¿Ya para qué? Lo lindo ya estaba dado. Adiós mi negro querido. Adiós mi teatrero admirado.
Contar esta historia es parte de una deuda que tengo contigo, dijo de nuevo el cuento, volviendo en sí después de haberse intro-extraviado.

martes, 12 de mayo de 2015

El tío loco que no estaba loco

Horacio era el tío loco más querido y admirado por la niña. Quizás su locura radicaba en saber mucho, aunque no había ido jamás a una escuela y menos a una universidad. El tío sabía de todo. Pensaba mucho, imaginaba mucho, creaba mucho. Pero nadie le creía, porque no haber pasado por la escuela, hacía que sus conocimientos fueran menos importantes y valiosos que los de los demás.
Él tenía hermosas historias nacidas de sus propios sueños y otras tantas que lentamente iban muriendo en medio de sus crudas realidades.
Cuentan que el tío, era un excelente albañil y que un día un cura se lo llevó para el Amazonas con la tarea de construir una gran iglesia. No hubo fotos de ella para que la familia se sintiera orgullosa. Como era natural, el cura lo abandonó por no volverlo a traer en un avión. Se ahorró unos pesos pero se debió haber quemado en el infierno. Y ahora que lo pienso, creo que eso del infierno es en plural porque mi abuela hablaba de los infiernos y ella también sabía de muchas cosas. Fue en el Amazonas que el tío que todavía no era loco a los ojos de los demás, aprendió a vivir con algunas tribus indígenas y bebió de sus saberes milenarios. Claro... al volver a casa esos saberes extraños se convirtieron de inmediato en locuras y ocurrencias inútiles e inválidas, que como a un Quijote, lo enloqueció y los cuerdos debían iniciar la tarea de "salvarlo".
Aprendió por ejemplo de las propiedades de las plantas y de los secretos de algunos animales, como el de las hormigas, de quienes se dejaba picar para que lo sanaran. Aprendió a saber las horas de acuerdo a la luz de la tierra y supo leer algunos enigmas del día y de la noche. Aprendió a vivir con un ratón que le alertaba del estado bueno o malo de sus comidas. Aprendió a abrazarse a los árboles para descargarse de las malas energías. Aprendió a caminar descalzo para tomar de la tierra la energía generosa de la vida.
Vivió el resto de su vida, humildemente, haciéndose él mismo su ropa y sus zapatos. Siempre eran los mismos pues compraba rollos grandes de la misma tela para coser sus pantalones, gorras y camisas azul claro o gris-azul un poco más oscuro. Así, no gastó nunca el tiempo en pensar "hoy qué me pongo".
También hacía su comida. Creyó que esperar que los demás le cocinaran era una clara forma de perturbarlos. Él lo hacía todo, o al menos todo lo que necesitaba para vivir en paz consigo mismo y con los demás.
Amaba la electricidad y por eso ensayaba soldadores de gran potencia que él mismo construía. El hierro jamás pudo resistirse a la fuerza de su energía. Su hermano Nando lo admiraba y le agenciaba todos sus experimentos. Su sobrino Luis también amo la electricidad. Jugaba seriamente a diseñar y construir organizadores para tuercas, clavos y tornillos. Sobre un eje elevaba una tras otra viejas y oxidadas cajitas de sardinas que resultaban completamente funcionales, pero pocas veces estéticas. También eso se adicionaba a su locura. Lo "machetero" que resultaba cada uno de sus inventos le restaba credibilidad en el sentimiento de los demás. Cuenta Nando que cuando las monedas de cinco centavos dejaban de circular èl las convertìa en fuertes arandelas.
No estaba bien visto por las personas cuerdas que Horacio escribiera sus pensamientos en la pared o en los papeles que cubrían las docenas de sus cigarros pielroja. Su habitación era un monumento al pensamiento. La escritura alargada y plácida ocupaba cualquier espacio libre con tal de poder atrapar y detener por un momento el pensamiento. No tenía cuadros, ni imágenes... sólo un pesebre con ángeles pulcramente vestidos con papeles blancos de cigarrillos, y un pesebre que permanecía fiel a su dueño, año tras año, sin desbaratarse. Más de cuarenta años después, la misma niña que entraba a su habitación y se admiraba de tanta locura hermosa y creativa, guarda aún los papeles escritos con sus más íntimos pensamientos.
Consideraba que sus teorías debían ser probadas a como diera lugar. Y fue por eso que en los últimos recorridos del tren por la avenida San Juan, decidió no bajarse del carro rojo de su hermano, que se había apagado justo encima de las líneas paralelas del tren que tanta memoria conservaba del bien y del mal de su ciudad. Darío le gritó: Tírese, tírese. Y él, seguro de sus teorías o por lo menos con una curiosidad mayor que sus miedos, le respondió: ¡No me tiro. Si me toca el día de morir me muero. Si no.... no! Y más de ocho días después de estar en cuidados intensivos, luego de haber sido arrastrado por el tren más de trescientos metros, abrió sus ojos y al volver a la consciencia dijo con voz sentenciadora: "¡Vieron que no me tocaba morir!" Los allí presentes no sabían si madrearlo o reirse. Pero ese era Horacio. Con una terquedad a prueba de muerte.
Poco a poco, la familia que antes vivía con él en la enorme casa se fue muriendo. Primero la hermana, luego la mamá y por último el hermano. Entonces se fue quedando tan sólo como el invierno. A veces iba su hermano menor o la niña callada que ya no era una niña, y lo acompañaban durante largos ratos mientras él fumaba, conversaba y fumaba. Parecía estar mirando siempre al infinito. Él, en medio de la ceguera de sus ojos, seguía conservando toda la luz creadora de su alborotado espíritu. Preguntaba porqué uno siempre necesita el lenguaje para pensar, porqué no se puede pensar sin lenguaje, por qué se necesita al otro para conversar. ¿Por qué si uno puede reirse solo, no puede "hablar" solo? Se refería al rito inmenso de lo que es un diálogo.
Un día entonces, ya dueño absoluto de su casa, decidió ahorrar energía y "tiempo". Vivía al frente de la iglesia de Fátima, justo al frente de la torre del reloj. Pensó que una buena forma de tener un reloj "propio y grande" era traérselo con espejos. Y entonces un espejo su dirigió de frente desde su sala hasta el bello y majestuoso reloj de la torre y otro espejo se situaba de frente al anterior para invertir la imagen de modo que pudiese ver el paso lento de las horas. Como el experimento funcionó a las mil maravillas decidió lo mismo con la luz del alumbrado público. Desaparecieron así casi todos los bombillos de la casa. Los espejos eran suficientes para alumbrar y reflejar las horas. Al final, la sala se convirtió en su habitación de espejos. Las demás habitaciones colmados de espíritus quizás, ya no eran recorridos por el tío loco que nunca estuvo loco.
Un día un cura fue hasta su casa a confesarlo de todos sus posibles pecados, pero ya esa batalla se había perdido para siempre. Su alma se había salvado desde hacía mucho tiempo, a espaldas de los rezos de curas y camanduleras.
En su lecho de muerte, con toda su escasa ropa colgada del techo hacia la cama, pidió que le prendieran un cigarrillo. La niña, a la que en su adultez él disfrutaba llamarla "psiqueatra", respetuosa de la voluntad de alguien que fue siempre tan autónomo, lo prendió a sabiendas que sería un acto grave contra un moribundo asfixiado. Pero a ella le importaba respetar el deseo y la autonomía así el mundo se le viniera encima. Entonces su hermana menor le advirtió: mañana lo interno en una clínica. Él osó responderle: ¡No voy! Y así fue. Decidió morirse antes de las tres de la mañana.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Saquen una hoja

Y llegó el día en que se encontraron los viejos cuadernos, olvidados por siempre en la basura de los aprendizajes. ¡Qué encuentro tan hermoso el de los viejos cuadernos rayados y pintados! Un cuaderno de sociales preguntó: ¿Recuerdan la aterradora expresión: "saquen una hoja" emitida por algún profesor?
Para muchos esa experiencia ya había sido olvidada, pero el recuerdo, con su poder de renovación, volvió de pronto intactico como si estuviera pasando en el mismo momento que lo pronunció la voz.
Es verdad, dijo el cuaderno a rayas de historia. Ese preciso momento era horrible. Las manos de los estudiantes entrados en pánico, temblaban desde su miedo y arrancaban las hojas que servirían para su próxima humillación. A eso le llamaban “el examen”, después conocido como “evaluación”. Nosotros los cuadernos rayados, fuimos siempre más vulnerable que los cuadriculados. Siempre pensamos secretamente que tanta línea apresaba la creación.
Y entonces, otro cuaderno opinó: No olvido las técnicas de cortado y arrancado. Las más comunes se concentraban en el centro de la encuadernación. Las más sofisticadas seguían el corte despiadado y recto de las reglas de madera, plástico o latón. Así fue como más tarde, llegaron el “folder” y el “block” siempre listas para cualquier barquito, avión, mensaje, o desafortunada “calificación”. La gran innovación de algunos block era la blancura impecable que renunciaba a las líneas impresas con anticipación.
¿Por qué “saquen una hoja” casi nunca fue una experiencia hermosa, una invitación a la escritura libre, creadora, innovadora? ¿Por qué no hubo más mapas de utopía, más poemas, más canciones, más historias de la vida, más saberes ancestrales, más recetas de cocina, más narraciones de juegos, bazares y fiestas patronales; más sueños, más miedos, más intimidades o extimidades? ¿Cuántas escrituras lindas se perdieron en las hojas arrancadas?
Y un estudiante que escuchó a sus viejos cuadernos dijo: debimos habernos negado a entregar nuestras hojas.

jueves, 30 de octubre de 2014

Las tizas

Que hermosos los trozos de tizas de los tableros negros o verdes pintados. Tizas blancas, cuadradas o redondas, de colores, de muchos colores, al parecer, totalmente gastadas. Cuántas palabras quedaron no escritas, cuantos dibujos, mapas, geometrías o fórmulas, nunca pudieron ser borradas, cuántas se quedaron atrapadas en esos pequeños segmentos de tizas, huérfanas de maestros y alumnos, o presas de jugadores con sus tapas emparafinadas.
Que polvillo invasor, amante de los uniformes, las manos, el cabello… hubo en cada niño y niña de los tiempos de antaño, pero también que polvillo abrazador para ocultar las manchas de los relucientes tenicitos blancos.
Quien no robó una tiza en su escuela o su colegio, quien no trazó golosas en las calles, un, dos tres, camino al cielo, y vuelva a empezar el juego como si nunca hubiera estado antes. Quien no jugó a la escuelita en su tablerito enano, acompañando las tizas de reglas y borradores bien dispuesticas en sus dos manos, para jugar el juego de la docencia, ante los alumnos vecinos o los alumnos hermanos.
Qué lindas son las tizas que escribieron tantos aprendizajes.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Cuando Micoloco recordó una canción

Esa tarde el cuento cortico, escuchó cantar dulcemente a Micoloco. Estaba sentado en su silla preferida de cuero negro bordada en recuerdos a todo color.
Lo acompañaban dos infancias de distintas épocas, cuando Micoloco preguntó: ¿porque no han cosido todavía el cuento de Campirana? Las infancias se miraron a los ojos y dijeron: ¿Qué es eso?
Pues una canción, respondió él. Los niños siempre la cantaban.
Ah, ah. No la conocemos. ¿Cómo es…? ¿Campirana?
Él aseguró que todos la debían conocer y que muchas veces, al menos una de ellas, la había cantado con él.
Pero no era así.
Buscaron en internet para recoger ese recuerdo y encontraron una virgen, un jardín de quimeras, una eterna cruz, una rosa, una muy viejísima canción.
La infancia mayor de las dos, hubiera querido salir a preguntarle al Juancho de todas las músicas, de todas las canciones y todos los ritmos, si conocía esa canción. Pero Juancho, que era su amigo de muchos años, el día antes había viajado al corazón de todas las melodías conocidas y por conocer, y no pudo decir como siempre lo decía, Martica claro que me la sé.

martes, 28 de octubre de 2014

¿Llegó la música al cielo?

¿Es verdad que llegó la música al cielo? preguntó un cuento que acababa de empezar.
No. Claro que no, le contestó un desconocido. La música ya estaba allí. El que llegó fue Juancho a alborotar a los demás músicos de corazón.
¡Se sabía que él no se iba a quedar callado! Por supuesto que no. Lo dijeron los del Málaga y tenían mucha razón.
No pudo llevar su "tera" de canciones repletas de paisajes, recuerdos, historias de amor y de dolor. No pudo llevar el arpa con su pájaro campana, ni su completa colección de música, que lo hacía fumar y fumar, para aplacar su interna agitación. Tampoco cargó los tangos de hombres y mujeres con los que bebieron y lloraron sus amigos; no llevó boleros, baladas, o su clásica querida, que tesoros tan grandes tenía en su casa y en su alma... ¡por Dios, Juancho, por Dios!
Preservó su saber inmenso en acetatos, cassetes, cd y usb... Y en su alocada, hermosa y desenfrenada pasión, compartió con todo el volúmen las canciones, para obligar a todos a resonar por dentro, colmados de compañías y emoción.
No pudo llevarse nada pero no era necesario. Su llegada fue al corazón mismo de la música. Ese, es hoy su cielo.

Preguntando por la Plaza Azul

Meses después de la convocatoria, ningún cuento deshilachado sabía aún a qué lugar iban a llegar. ¿Dónde está la Plaza Azul? No tenían la menor idea de su ubicación. Sólo sabían que estaba al sur del planeta. ¿Qué tan al sur? Nadie lo sabía aún.
Escuchaban decir, eso sí, que era la plaza más hermosa de todas las plazas del universo.
¿De qué estaba hecha? ¿La habrá construido un arquitecto o quizás la dibujó un ilustrador? ¿La habrá soñado un niño, un joven o un anciano, tendrá casas, iglesias, caminos y parques a su alrededor? ¿Llegarán los pájaros, ladrarán los perros, se posarán las mariposas o habrá estanques con pecesitos de vivo color? ¿Irá la gente a sentarse en bancas y a confesar sus felicidades o su dolor?
¿Para dónde van todos los cuentos si no saben claramente ni las rutas, ni la ubicación? ¿Por qué andan siguiendo los caminos de la imaginación? ¿Serán tontos los cuentos? ¿Será por eso que se quedan deshilachados y nadie consigue finalizar su narración?

martes, 14 de octubre de 2014

Recuerdos de las letras verdes

A veces las canciones viejas traen a las memorias, los vívidos rostros de los muertos, decía uno de los cuentos más deshilachados, pues como cuento, aún nadie se había propuesto contarlo. Se habla de vívido rostro porque emerge con fuerza en las crestas del recuerdo, como si ningún tiempo hubiera pasado, como si la presencia no proviniera de una dolorosa y profunda ausencia.
Así comenzó ese cuento deshilachado. Con una canción bastante vieja. Se llamaba: Amor del alma. Decía: "Nuestro amor, es una bendición de Dios, y no puede existir pareja tan feliz, como nosotros dos. Tú y yo hicimos de la noche azul, una linda canción, un poema de amor, para soñar los dos... Así.... es el amor del alma. Así.... nos queremos tu y yo"
Y dicen que con el rostro de nuevo vivo, por supuesto se antoja de volver la voz, el tono, el gesto, la respiración, la sonrisa, la dulzura... el ser que sigue siendo, y que en medio de cualquier tarde, incluso después de muerta, sigue cantando a su amor del alma.
¿Dónde está el cuaderno Bolivariano, casa de las letras verdes, de pasta café con un mapa de Colombia en la solapa, y con Panamá aún, propiamente dibujado? ¿Qué se hicieron los versos personales, los poemas y los boleros escritos con tinta verde y caligrafía hermosamente cuidada?
¿Dónde han quedado el labial rojo, el polvo de cara y el lápiz café para las cejas pintadas? ¿a dónde fueron los bolsos, los relojes, los zapatos, las joyas y hasta la ropa nueva esperando por fin, ser usada?
Cuentan que esa mujer disfrutaba la elegancia a su medida, tanto como las historias de las farándulas nuevas y las pasadas. Se levantaba de noche a presenciar vidas y muertes de princesas, reinas, presidentes y papas.
Esa mujer de hermosas letras tinta-verde, pensaba que la cabeza jamás debía vestir de blanco. Por eso no amaba el blanco en la ropa y menos en sus cabellos canos.
Siempre creyó en el amor, bien lo sabían las canciones, dijo la canción del "camino de la vida".

jueves, 9 de octubre de 2014

Y jugamos en el bosque

El bosque de este cuento era de verdad, de hace mucho, pero mucho tiempo, más o menos como un pedazo grande de vida larga.
Los papás, que tenían poco dinero, pero mucha imaginación para sacar a pasear a sus hijos, iban algunos domingos a caminar, sentarse en las banquitas y montar en canoas de madera por el gran lago de ese bosque abrazador. Otras veces los niños como reyes magos, montaban en pacientes burritos, tan lindos como imaginaban al legendario Platero y yo.
Claro que ese bosque no era un bosque encantado, pero eso si... era demasiado bello y encantador. Nada como un paseo de domingo con papás y hermanos al bosque mágico de juegos, abrazos, risas, calor y color..
El bosque tenía enormes árboles, caminos verdes, paisajes hermosos y olor a frescor. Parecía una gran selva amiga en la que nadie se pierde, ni siquiera el más temible lobo feroz.
Unos señores de blanco impecable, recorrían punta a punta el bosque con pequeños carritos blancos y sonoras campanitas, que anunciaban los dulces helados de colores, refrescantes y de delicioso sabor.
Otros señores vendían el rosado algodón de azúcar junto al cofio, al minisigúí, las solteritas, y las sorpresas con anillitos, muñequitos y mensajitos del amor.
Dicen que se llamaba el Bosque de la Independencia.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Conversación entre juegos ancianos

Una tarde iban varios juegos sabios perdidos por el camino café de los recuerdos. Eran juegos muy viejos, con memorias tan grandes como sus olvidos ancestrales. Juegos usados en múltiples infancias por varias generaciones de hijos con hijos, y otros tantos, por hijos sin hijos para siempre.
Al cabo de un rato, uno de ellos susurró: He estado pensando que juego y espacio y tiempo son casi lo mismo.
¿Por qué dices eso? preguntó el juego de las aventuras de intimidad.
Pues tú lo debes saber mejor que yo. ¿Acaso no te han jugado al placer o al displacer, al amor y a la guerra, a la muerte sin muerte, al tiempo eternamente renovado, a la vida o a la ilusión? ¿Acaso no te han repetido una y otra vez de muchos modos, con la misma fuerza y la misma emoción?
Claro que si. Y me juegan además con los objetos. No sólo he sido tiempo sin tiempo, espacio sin fin, un aún para todas las experiencias, sino que también he sido objeto (s). Todo en la intimidad es susceptible de volverse juego-tiempo-espacio o de transformarse en juguete-objeto-tiempo.
Y entonces el anciano juego de los juegos por imaginar dijo con voz resonante: A través de los siglos he visto niños, adolescentes, adultos y ancianos, volver con cualquier pretexto a las fantasías y la imaginación, como parte de su acción creadora. Para jugar han necesitado poco y mucho, porque nadie sabe realmente cuánto debe invertir de deseo (s), cuánto de afecto (s), cuánto de historias personales y grupales, cuánto de mundos hechos y conocidos o mundos por hacer y conocer. La imaginación se nutre de todo esto anudando y causando, tiempo-espacio-objetos, para sus juegos venideros con la razón.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Un amante de la música

Dani siempre ha sido elegante y especial, primero a la manera de otros y después sólo a la manera de él.
Desde pequeño fue amante de la música. Para su primera comunión pidió música clásica.
La gente preguntaba. ¿Están seguros que eso es lo que él quiere?. Pues claro decía la mamá. Entonces le grabaron un cassete con las cuatro estaciones de Vivaldi y uno que otro vals de Strauss para que los pudiera disfrutar. Tal vez iba a tener su primera grabadora creo que regalada por la abuela Inés.
Mucho tiempo después cambio su gusto por la música clásica y apareció otra que parecía tocada al revés. Pum, pum, pum, gritos y pum, era lo que se oía, y todos los de al lado creían enloquecer. ¡Bajale un poquiiitooooo! le decían... pero él, como todo adolescente, los miraba descortés. Una gran cresta en la cabeza y los primeros tatuajes en la piel, fueron testigos del cambio en los gustos de la música, de ese buen y tierno hombre, que todos llamaban Daniel.

martes, 16 de septiembre de 2014

La primera vez que Vicky cosió

Vicky quería coser un cuento para este blog de cuentos deshilachados. Entonces habló con su tía y le dijo: "me voy a poner a coser". Marta, jubilosa le contestó. ¡Qué ricooo!. Para eso se hizo este blog. Para tejer los recuerdos de las diferentes infancias que hemos vivido en cada generación. Claro que a veces contamos otros cuentos para que no se alboroten mucho los recuerdos. Espero entonces que me lo mandés. Al cabo de un rato sonó el teléfono. En la pantalla salió la foto de Vicky y ella conmocionada y alegre dijo: ¡Tía ya te lo mandé! Y he aquí el retazo de recuerdo que Vicky cosió para hoy.
Como los cuentos sueñan en convertirse en realidad
En algún momento un cuento loco que andaba suelto y jugueteando con los demás, se puso a imaginar cómo sería su vida si nunca fuera olvidado. Era muy diferente a todos porque siempre observaba a las personas y le gustaba escuchar cuando contaban los otros cuentos. Él quería ser especial.
Se acercó a un amigo suyo y le dijo: ¿Sabes que…? Yo tengo un sueño.
- ¿Un sueño?, ¿Cómo así? yo no sabía que los cuentos soñaban…
Pues sí, repuso él, yo sueño y tengo un sueño que quiero que se convierta en realidad…
- ¿Cómo es eso? pregunto el amigo
- Pues es simple. He observado un par de niñas que corren y juegan por toda la casa. A veces se ven diferentes a los demás porque conversan entre ellas y también con sus juguetes; además, en ocasiones llevan algo extraño en la cabeza, que creo que es lo que les permite hacer sus deseos realidad.
Al amigo le empezó a llamar la atención y le dijo: -Continúa por favor, que me está interesando mucho lo que dices-
- He pensado que soy un cuento muy joven pero que no quiere ser nunca olvidado; y tal vez si nos metemos en su imaginación ellas puedan contarnos durante muchos años y quien sabe, que algún día podamos ser ese cuento que se vuelve realidad.
Mmm... Comprendo lo que dices, dijo el amigo, y sabes que, me voy a arriesgar contigo y mañana cuando las niñas se acerquen a jugar, saltamos a su mundo mágico y nos comenzamos a volver parte de él.
A la mañana siguiente llegaron las niñas como era costumbre y comenzaron su largo día de juegos y en la primera oportunidad que encontraron, saltaron sin pensarlo dos veces y entraron a su mundo fantástico.
Comenzó el juego:
Yo voy a ser la mamá Vicky Y yo voy a ser la tía Diana. Vamos a tener dos hijos: el niño se llamara… Capulto, dijo Diana.
-¿Capulto? ¿Y eso que significa? Pregunto Vicky.
-No lo sé – respondió Diana- pero suena gracioso!
- Muy bien, a mí me gusta –dijo Vicky- y yo pondré a la niña Tutierra!
Con el tiempo este cuento que comenzó con amigos imaginarios se personalizó con dos muñecos que llevaron sus mismos nombres. Fueron muy queridos por las niñas y en realidad nunca fueron olvidados y... ¿saben por qué???
Porque hoy en día, Capulto y Tutierra se convirtieron en Nicolas y Salomé… exactamente un cuento de un sueño que hoy en día se hizo realidad.

Las animalcancias

Los animalcancías guardan las monedas en sus barriguitas de barro. Cuando ya no les caben más monedas doña Milinda las saca con cuidado para no dañar su apariencia de animalitos.
Cuentan que el primero en llegar a la finca fue el cerdito panzón. Después lo hizo la vaca pinchada. A ella se sumó un toro gruñón y después la tortuga enamorada.
Siempre estaban al sol, en la grama como en una granja privada. Pero los fuertes rayos del sol sus caritas les quemaba y por eso se iban poniendo feitos, feitos y ya casi nadie los miraba.
Así que un día de vacaciones, Salomé llegó desde Bogotá, para pintarle un vestidito de pepas blancas al pobre cerdito panzón. Trabajó pintando todo el día y Nico también pintó. Era muy chiquitín. Cuando se volvieron para su casa desafortunamente el cerdito se enfermó. Doña Milinda llamó a Salomé y ella juiciosamente le recetó.
Un poco después la vaca pinchada se quebró. Ay Dios... qué vamos a hacer....
Se hizo un hueco grande en sus cachos y en su cola, y hubo que llamar de urgencia a los niños para que dijeran que había que hacer con esa vaquita que se le veía el revés. De inmediato ellos contestaron: ¡tranquila que la vamos a operar! Y así fue. Cuando vinieron de Bogotá la operaron con cinta de enmascarar. La vaca se recuperó pero estaba fea, triste y desteñida. Por eso Dani y Yuly dijeron... a la vaca y al toro los tendremos que pintar. Entonces comenzaron a pintar, ya no con manchas de vaca, ni de toro sino con figuritas de trapitos de asolear. Les pintaron zapaticos, pestañitas y grandes labios de coral.
Al toro gruñón le pusieron cola de tigre, morro de cebra, patas moradas y azules y en su pecho una bola llena de rojos corazón. Quedó demasiado bonito. Los demás cerditos también dijeron: Una pinturita les pedimos por favor. Así quedó la granja de animalcancías hermosa y decorada, como para un fiestón.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Noticias del patico llorón

El patico lloraba a chorros porque se creía bastante feo, solo y barrigón. Quizás la otra pintura al óleo se lo decía secretamente, tal vez le tenía envidia, nadie lo supo nunca... pero lo cierto es que jamás dejó de ser el patico llorón.
De la habitación donde creció, con el tiempo todo se perdió. Los juguetes, los cuadernos, los patines, los hermosos vestidos, los disfraces de tigre y conejo, todo, todo, sólo quedó el patico llorón. Pensándolo bien, también quedó el plato con el dibujo de la niña playera, el cono y el balón.
De resto todo pasó al olvido.
Pero el patico llorón jamás se perdió. La tía lo protegió. Sólo hace muy poco, quizás año y medio, ella lo regaló para que Samuel, un nuevo niño del campo, desde sus fantasías, se disfrute también al hermoso patico llorón.

Carlitos el osito mexicano

Un día, después de volar más de 10 horas en un avión desde México hasta Colombia, llegó un osito de gorra y chaleco. Era el más grande y elegante que se conocía hasta entonces.
La abuela se los había comprado a sus primeras nietas de acuerdo al tamaño de su amor. No calculó que sería un osote comparado con el cuerpo de las niñitas. A ellas, claro... no les importó. Al contrario pronto se enamoraron de su osote y lo llamaron Carlitos.
Tenía un puesto privilegiado en la habitación de las niñas gemelas, en medio de una gran repisa de madera que mandó a hacer el abuelo para alojar tanta muñeca que les regalaban a montón.
Al despertarse, las niñas veían los móviles de pollos de colores y pulpos de lana sin crochet que su tía Marta les había hecho sin saber. Pero a medida que pasaba el tiempo, Carlitos se ponía muy celoso de los demás juguetes. Sabía que era el más hermoso. Ni el payaso, ni las muñecas, ni Blanca Nieves con sus siete enanos le podían competir. Entonces la abuela lo subía a la cama de las niñas y ellas le hablaban como se le habla a los amigos en la infancia.

martes, 9 de septiembre de 2014

La dualidad del sueño

La abuela mayor, que tenía nombre de ronda infantil, contaba que a cierta edad, al sueño de las noches, le gusta partirse en dos. Ella acostumbraba dormirse muy temprano.
Quizás porque en el primer sueño podía soñar cosas donde los tiempos se tejen desde el presente inmediato, con los pasados que nunca pasan y los futuros lejanos. Sabía que las pesadillas se nutren de la fuerza implacable de los recuerdos más cercanos, pero prefería eso a no tener todos sus sueños despiertos cuando cerraba sus ojos y dormía sus sobresaltos.
Se llamaba Teresa. Era tal altiva que parecía una "condesa". Teresa la condesa, amaba los primeros sueños porque la descansaban.
Los segundos en cambio eran implacables ya que le anunciaban la pesadez de las tareas diarias.
Mezclados con el rocío del amanecer jamás los sueños segundos fueron preferidos por la abuela amada.

martes, 2 de septiembre de 2014

En el puente de los leones

Un cuento de clima frío habló de un puente mágico que había en una tierra lejana. Se trataba de un puente vigilado celosamente por cuatro leones gigantes. Cuando una pareja se acercaba, cupido, secretamente, los flechaba y los flechaba.
El rumor corrió por todo el pueblo, hasta que un día, los padres de familia, aterrorizados, prohibieron el paso de sus hijos por aquel puente hermoso, extraño y seductor. En especial, estaba prohibido para todos los colegiales.
La bella calle empedrada se volvió desolada, según creían los adultos. Sólo los que ya no amaban la podían transitar.
La razón, es que las parejas flechadas quedaban destinadas a amarse para siempre, como si vivieran en el mejor cuento de hadas. Pero los amantes, tercos como son, se fugaban a probar suerte en el puente más famoso de ese pueblo de clima frío y corazones ardientes.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Lágrima suelta

Le llamaban "lágrima suelta" porque lloraba, lloraba y lloraba sin parar. Nadie entendía bien por qué pasaba esto, ni siquiera su tía, que había llorado muchos días con sus noches como de nunca acabar.
Por lo que se sabía, la niña no tenía hambre, ni frío, ni dolores visibles. Algunos adultos pensaban que era una mezcla extraña de mimos con rebeldía. Otros se burlaban al ver cómo se engordaban las lágrimas en sus ojos, pues parecían globos a punta de explotar.
Ella decía: "no me digan lágrima suelta".
Y un día, estaba tan molesta con todos esos adultos que no la dejaban llorar en paz, que dijo: "con ustedes... no volveré a llorar".
Entonces las lágrimas se fueron poniendo flaquitas y se le entraron por sus ojitos de niña buena y al parecer esas lágrimas errantes y gordas, muy pocas veces han vuelto a brotar.

martes, 5 de agosto de 2014

La abuela generosa

La abuela mayor, era una hermosa mujer gordita, empolvada y generosa, sentada una gran silla de cuero verde y madera oscura, delicadamente tallada. Solía mantener su mirada unas veces en los recuerdos y en los sueños el resto del tiempo. Sólo cuando llegaban los niño,s volvía a mirar el presente, en especial, cuando llegaba el "palomito", que era su niño del alma, ya entrado en edad adulta. La abuela pensaba que ofrendar comida era dar vida a los demás. Por eso sus tazas eran más bien tazones y los platos, grandes bandejas decoradas a mano, como si fueran copiados de las extrañas formas de un coral.
En el comedor, habitaba su querida muñeca de cara de porcelana, cuerpo de trapo y vestido bautismal. Jamás se movió de allí y nunca nadie la cargó. Sólo vigilaba. A los niños les daba un poco de miedo esa muñeca que parecía con ojos de verdad.
Pero un día cualquiera, la abuela se enfermó. Enfermó tanto, tanto, que su palomo salía de noche a cuidarla y a decirle que la amaba demasiado. Y una noche… después de mucho cuidarla, la abuela se murió. Fue muy triste pero no demasiado, pensaron los niños.
En el ataúd estaba la abuela con su vestido de colores fuertes y chillones. Quedaba muy linda. La volvieron a empolvar como a ella le gustaba y le pusieron sus medias de seda para que pareciera que sólo se iba por un rato a pasear, aunque la verdad, a ella no le gustaba salir, y menos ir a los cementerios.
Entonces todos fueron a su funeral. Los asistentes estaban muy tristes. Una de las niñas pensaba que era muy miedoso caminar por ese cementerio de dos pisos porque era inevitable pisar las tumbas de muchos otros muertos. Ella creía que sus pies se le iban a contaminar de muerte y no quería que eso le pasara a tan corta edad. La verdad odiaba a la muerte y no le gustaba ir a ninguna de sus casas por más bonitas que las hubieran decorado.
Pasó un año, dos, tres y cuatro y del cementerio llamaron a decir que ya debían entregar el hueco que sirvió de tumba a la abuela. Eso se llamaba "sacar los restos".
Por una extraña razón, ya no fue tanta gente como al funeral. Como si a algunos ya los hubiera invadido lo que en Macondo conocían, como la enfermedad del olvido. Y la niña decidió que el "palomo", que era su padre, no podía irse solo al nuevo encuentro, con lo que perduraba de su amada madre.
Entonces, el sepulturero abrió el desvencijado y podrido ataúd y emergió una hermosa y última imagen de la abuela generosa y apacible. Era como una momia pero su vestido estaba intacto, igual de hermoso como hacía cuatro años. También lo estaban sus medias. Era increíble que en medio de tanto dolor revivido, la bella imagen lograra desfigurar al dolor con su cascada de recuerdos. Al moverla suavemente, para sacarla de ese cajón, el vestido desapareció. Primero fue polvo de colores y luego nada. Ahí estaba lo que aún quedaba de la abuela. Pero hasta después del final… fue la abuela más generosa, reservada y hermosa.

lunes, 4 de agosto de 2014

El niño que se volvió azul

Sólo tenía tres años. Desde que nació, su mamá lo cuidaba a cada paso para que no le pasara nada. Pero día tras día, su cuerpo y su espíritu iban cobrándole al universo más y más energías y por eso ya casi nadie lo podía parar.
Subía, bajaba, corría, se acostaba, lloraba, reía, jugaba, imaginaba, y volvía a correr, saltar, trepar, reptar, reír, cantar…
Ni siquiera la abuela María lo detenía cuando le decía: "grabaré un video y se lo mandaré a tu papá para que vea que no obedeces". Él le decía: "no puedes abuela, no lo hagas".
Cierto día, jugando en el parque, el niño se aporrió con un enorme columpio volador. Claro... fue tan duro el golpe, que en la carita que le salió mucha pero mucha sangre roja. Las manos de la abuela estaban frías del miedo. Nadie ni siquiera se atrevió a murmurar. La mamá lo cobijó con su amor maternal. La hermanita con su amor fraternal. El silencio asustado de los "locos bajitos" lo acompañó el resto del día. El bisabuelo de pelo blanco-blanco lo acarició para sanarlo.
Al otro día el niño despertó y dijo a su tía. "Hoy me portaré muy bien". El niño descubrió que algunos dolores le ponen colores a la piel. Entonces fue cuando dijo: "tía, me estoy volviendo azul"

lunes, 21 de julio de 2014

Re-creos y aprendizajes

¿Dónde estuvieron los espacios de recreo de mi vida? se preguntaba una señora mona en la peluquería. Entonces la otra señora que allí se encontraba, le dijo. Juguemos a los recuerdos. Sólo se vale de tiempos y espacios diseñados para el "estudios" y los aprendizajes. Bueno, dijo la señora mona. Empiece usted señora. De acuerdo. Entonces empezaré por la primera vez que fui a estudiar.
El kínder
Iniciábamos el kínder alrededor de los seis o siete años tiempo en el cual, decían las señoras, comenzaba el “uso de razón”. En mi caso, la primera institución para el aprendizaje por fuera del núcleo familiar fue el "Kinder" de doña Teresita. Allí había cuentos, cajas grandes, cortinas, juguetes, plastilinas y regletas de diferentes tamaños y colores, que servían para jugar en los pequeños pupitres azulitos. El Kínder olía a casa, a patio, a parquecito, a barrio, a familia, porque doña Teresita había convertido la sala de su casa en un agradable sitio para nuevos aprendizajes. Las baldosas eran verdes y amarillas dispuestas de manera intercalada. Aunque la casa era de fachada gris piedritas, la alegría multicolor del juego libre siempre nos desbordaba. Cunas y pupitres compartiendo juntos los espacios más vitales, fueron los primeros recuerdos de juego y educación en mi temprana infancia. No había primera infancia. Todos éramos niños y niñas. Unos más pequeños que otros pero niños al fin y al cabo. Éramos barrio, hermanos, amiguitos… afecto, amistad, alegría, juego, aprendizaje y agrado.
Primaria y uniformidad
Casi todos los días las niñas vestíamos nuestros uniformes azul oscuro con camisa blanca, y un delantal de cuadritos blancos con azules claros.
Cada una era de nosotras era la más bonita de todas sobre la tierra, pero al juntarnos solo éramos una gran mancha azul pareja y uniforme, que desaparecía las bellezas individuales. Nada distinto ni en las uñas, ni en el cabello, ni en las manos. Que no se vea más arriba de las rodillas. Que las medias sean tan altas que puedan cubrir la pierna baja. Había que ser demasiado hermosa para resaltar entre la gran mancha de iguales.
Quizás por eso mis recuerdos se desplazan fácilmente desde los cuerpos, hasta las cosas y los espacios. Por ejemplo, recuerdo vivamente la hermosa maleta café de cuero con números resaltados, que guardaba el estuche de los primeros lápices, el tarro de goma, el sacapuntas y la caramañola con el calientico chocolate. También recuerdo el amplio patio de recreo, donde las niñas gritaban, corrían y gritaban; parecían escapar por un momento de las rígidas reglas de las "monjas hermanas".
Qué espacios inolvidables para toda la vida son los patios de recreo, donde por un breve tiempo vuelven a ser lícitos los juegos a solas o acompañadas. Rondas, saltos, carreras, competencias, conversaciones o soledades inundan esos espacios, antes del repicar paralizante de la campana que señala el tiempo y las obligaciones de cada jornada.
En la infancia es difícil comprender por qué las campanas son usadas para apagar los gritos y las risas, para llamar a clases, para regañar en fila desde la más pequeña hasta la más grande. Me pregunto... ¿Cuántas transformaciones han tenido las campanas en la educación?
Seguramente en ese mundo multi-uniforme bailé, pinté o jugué al teatro por mandato y quizás por eso no lo recuerdo. Seguramente canté tratando de imitar la voz chillona de la hermana de canto, pero lo recuerdo muy poco. Leí hermosos libros, hice carteleras, icé la bandera, llevé medallas a casa, pero poco logro recuperar los recuerdos de mis acercamientos al juego del arte. Recuerdo reglas y reglas, urbanidad y disciplina, tareas, aprendizajes, desarrollos iguales, rojos en mis libretas, costuras y soledades.
Una abeja grande que colgué en mi pecho por cinco años, aún está encerrada en su rosario circular de antaño. ¿Qué quería decirnos esa imagen a todas esas mujeres que nos estábamos formando en ese colegio tan, pero tan grande? Grande de corredores y de escaleras; grande de aulas de clase, de patios y salones de reuniones. Aún en el recuerdo, son intimidantes esos espacios enormemente grandes, para cuerpos tan y tan pequeños. Las baldosas amarillas y verdes unas, grabadas en cemento las demás, tatuaron las miradas tristes de las niñas que casi nunca se atrevieron a jugar. Nadie nunca se ocupó de esas niñas tristes… y a propósito: nunca supe por qué en ese colegio, no habían niñas ni muy negras, ni muy pobres... pero sí muy tristes.
Tal vez el mejor recuerdo que aún conservo eran las ventanas cafés del segundo piso. Me veo a mi misma con la mirada siempre afuera, como escapando de esa gran abeja madre que quería atraparme en reglas, costuras y rezos... asfixiantes reglas y reglas, apabullantes reglas anti-infancias, plenas de una educación sin imaginación ni disfrute, que yo no podía habitar, por más que lo intentara.
Descubrimientos de la secundaria
Este fue el tiempo de otras monjas, otras amigas, muchos patios de "re-creo", disfrutes, acercamientos y afectos. Niñas y adolescentes conviviendo sin distinciones de color, posesión o credo.
Un salón de materiales lleno de mapas del mundo y de anatomía humana; un laboratorio de química, una bella capilla, una amigable sala de profesores y unas delgadas escalas. Amigas, sueños, conversaciones, risas y cantos, la adolescencia en pleno, ofreciéndonos un tránsito desde los juegos de infancia hasta la creación y el arte, para una adultez más segura, más bella, más vital, más disfrutada, que la anterior parte de mi educación en la anterior infancia.
El teatro, la música, la pintura, la danza, la literatura y la escritura, la belleza, los paseos… todo floreciendo al lado del descubrimiento de las ciencias y sus fascinantes discursos siempre re-creados por almas extrañas. Ya no sólo de religión vive el hombre, diría William el profesor de química, sino de múltiples creencias, posibilidades, saberes, conocimientos y prácticas… Nuevos autores como nuevos amigos o posibles "enemigos". Nuevas sospechas, nuevas creaciones. Todo, todo, un manojo de aprendizajes. En particular, el aprendizaje social que antes poco se asomaba.
Volvió a acabarse una única forma de ver el mundo para retornar a ese mundo de posibilidades abiertas que el juego me había enseñado en lo que hoy llamaríamos mi “primera” infancia. Todo tan junto y sin embargo tan diferenciado. El mundo de las matemáticas ofrecidas como un regalo por los profesores de todo el bachillerato, fue convertido en divertido juego junto a las ciencias sociales y las naturales. Las palabras siempre enredadas en los uniformes cafés con blanco, ya no tuvieron problemas, porque la adolescencia, se encarga de burlar cualquier uniformidad de plano.
Universidad y universalidad
Para iniciar la adultez, encontré el juego convertido en experiencia y la experiencia acompañada de teorías. El juego y el arte convertidos en vida y en aprendizaje. La educación atravesada por los bellos conceptos de sujeto, juego, creatividad, estética y arte, pilares todos sobre los que se edificó gran parte de mi experiencia profesional y humana. Cinco pilares fundamentados en una ética entendida cada vez más como acompañamiento, responsabilidad, solidaridad, amistad, compasión.
El aprendizaje de las ciencias sociales, con la antropología, la literatura, la filosofía y el psicoanálisis, prendieron el baile en mi corazón andante, para florecer por muchos años como escritura sobre juego, creatividad, educación y arte.
Mis patios de recreo hoy completamente sofisticados, son vividos en conferencias, conciertos, museos, bibliotecas, mercados, paseos, trabajo, hogar, libros, conversaciones, redes, campos, atardeceres, flores y prados.
Le toca a usted señora mona.
La señora lo pensó un poco y dijo. Usted me ha llevado por los pasillos de mis recuerdos. Permítame el silencio para disfrutarlos.

martes, 15 de julio de 2014

Una pérdida de tiempo

Cuentan que el tiempo en vez de crecer, se va volviendo cada vez más y más chiquitico, hasta que ya casi nadie puede encontrarlo.
Sólo los bebés nacen, con un gran puñado de tiempo. Lo emplean para ver, oír, tocar, oler, comer, moverse, dormir, hablar y jugar. Así se pasan días y días colmados de tiempo con tiempo. De ahí... tanto aprendizaje de humanidad y sociedad. Cada bebé tiene tiempos tan, pero tan intensos, que aprenden en los primeros años de vida, lo que costó miles de años aprender a la humanidad.
Saber del otro, del afecto, de las cosas, del espacio, de las relaciones, de la vida toda; nombrarse y nombrar el mundo, e incluso, crear mundo... es algo que lleva tiempo..
Pero con el tiempo, el tiempo se va perdiendo. Ni los gallos, ni las campanas, ni los relojes de arena, de sol, mecánicos o digitales, pueden dar cuenta del tiempo que se va.
Tal vez el juego y el arte lo pueden atrapar. O quizás también la enfermedad, el dolor, el miedo, la amistad o el amor lo puedan por un tiempo "recuperar".

lunes, 26 de mayo de 2014

Cuentos pillados

Algunos de los cuentos deshilachados que se transportaban secretamente en libros importantes, fueron pillados.
Inmediatamente se dio la orden de sacarlos de allí porque los libros corrían el riesgo de perder toda credibilidad de narraciones acabadas. Pero eso a los libros no les importaba.
Arrojaron montones de libros a través de la ventana, al cuarto naranja para la inspección profana. Los cuentos deshilachados temblaban de pavor, porque no sabían qué les podía pasar.
Entonces se oyó una voz gruesa y furiosa que gritó: ¡Salgan todos los cuentos colados! Que no quede ni uno escondido o descarriado.
Los cuentos más jóvenes saltaron sin decir nada, casi orgullosos de haberse colado, pero los mayores estaban aterrados y paralizados. No pudieron moverse.
Tres novelas de amor, cinco libros de historia, siete tratados de filosofía y un atlas de geografía universal para la educación primaria, se compadecieron de ellos y decidieron ampararlos.
La inspección duró cinco días hoja por hoja, lomo por lomo, letra por letra, tabla por tabla. Los cuentos ancianos se refugiaban calladitos en el fondo de las páginas.
Pero con el alboroto una fuerza enorme emergió de las primeras letras de infancia. Todos los libros volvieron a la ventana y lanzaron al infinito a los cuentos ancianos para salvarlos.
Cuentan entre los libros, que desde ese día, el cuento de los cuentos pillados fue para siempre lo más secretamente preservado.

miércoles, 21 de mayo de 2014

¿Y si volviera la infancia?

Y un cuento anciano les preguntó a los presentes: Señores... ¿quisieran volver a ser niños?
Los más adultos se quedaron pensando... Para muchos estaba ya tan lejos la infancia… no por edad sino por esa absurda y terca seriedad de las “personas mayores”, que ya no recordaban.
El primer adulto murmuró en voz muy baja pleno de emoción: ¡Sería maravilloso! Podré volver a ser pianista, bombero, cura, bailarina, maestro, doctor, zapatero y soñador! ¡Jugaré de nuevo al policía y al ladrón! Retornarán del olvido mis amigos imaginarios. Y en mis juguetes volverá a latir un corazón, no importa si es un tarro, una muñeca, un carro o un balón.
Volveré a estar inmensamente triste, o furioso, envidioso, feliz o amistoso, porque volveré a ser siendo, cada vez, día tras día. Retornarán los miedos de los cuentos asustadores pero al despertar, sabré de nuevo que se trataba de un como si... jugando. Me volveré de nuevo esponja de conocimientos y preguntaré por qué, por qué y por qué... a cada paso. Cantaré en alta voz por las calles de mi barrio, por el parque, por los rincones preferidos de mi cuarto. Volveré a pintar en los cuadernos, en los muros, en los cuerpos y en las caras. Me reiré, imaginaré, exploraré, crearé y creeré. Sobre todo creeré. Seré otra vez niño y niña, señor y señora y hasta aprenderé a ser viejito y viejita porque la verdad, nunca me lo pregunté. Seré piedra y nube, sol o estrella, pájaro, flor, lápiz, tablero o borrador. Seré amarillo y verde, azul y violeta, blanco, gris, naranjita, uva y limón. Y la vida explotará todos los días, en el centro de mi querida infancia.
Hubo un silencio después de tanto alborozo.
Y una señora que lo escuchaba, no murmuró, sino que gritó de inmediato. Yo no tuve nada de esa infancia; ni juguetes, ni cuentos, ni colores, ni sueños, ni abrazos. El juego estaba prohibido en la calle y en la casa. Jamás fue un derecho. No hubo muñecas, ni balones, ni canciones. Sólo gritos y maltrato. Hoy soy una mujer triste y bravucona acompañada sólo de un negro y flaco gato. Tuve que trabajar sin chistar y sin llorar. No me cuenten de esas historias de antaño, con infancias felices y amigos imaginarios. La infancia no es un paraíso y por lo visto hay muchas formas de infancias. No quiero volver a ser niña, no quiero jugar con el pasado.
Entonces, un joven indígena le contestó al cuento anciano. Para mi, no hubo mucha diferencia entre la infancia y la adultez porque siempre estábamos andando. Aprendí a leer la madre tierra, el cielo, el día, la noche, el rayo; también el agua, el viento y el campo. Supe de las estrellas, de las siembras, de los amigos, los taitas, las máscaras y los cantos. Aprendí riendo mi lengua con las historias de espantos y nos pintamos el cuerpo como en un hermoso cuadro. Leí la adultez y la infancia pero nunca supe si eso que hacían lo llamaban... "jugando".
El cuento anciano no supo qué decir con tantas formas de vivir la infancia.

miércoles, 14 de mayo de 2014

El tren con los cuentos cantados

Los cuentos contados por las canciones decidieron tomarse un buen día de descanso en su tarea diaria de cantar y contar. Ninguno era un cuento deshilachado.
Querían conocer el tren y viajar por los siete minutos oscuros del túnel de la Quiebra. Entonces comenzaron a reunirse en las hermosas bancas de la estación, en pleno centro de la ciudad.
Las primeras en llegar fueron doña Rosario, la negra Celina, Alicia adorada, Matilde Díaz, Carmentea, Maria Antonia y la negra Tomasa. Eran viejas amigas y les habían cantado a abuelos, papás y amigos, en los trapiches, cocinas, parques, caminos y hasta en las plazas; todas sonaban en casi todas las radios.
¡Cómo llegaban de canciones! decían algunos viajeros que también esperaban.
Los cuentos cantados fueron comprando tiquetes de embarque y lentamente se fueron montando.
En el primer vagón decidieron estar las canciones con nombre de mujeres. Conocían pocas canciones con nombres de hombres y por eso, si alguno por equivocación se montaba allí, lo dejarían pasar para preguntarle, por qué pasaba eso en la música colombiana. Aunque después lo pensaron bien y se acordaron de Moralito, Francisco el hombre y el compae Chipuco. Decidieron entonces no declarar el vagón como el de las canciones de nombres de mujeres para no equivocarse. No sabían con qué podrían encontrase entre tanto y tanto cuento cantado.
En el vagón amarillo se montaron las canciones más bullosas y estruendosas. Se sabían escuchadas en todos los rincones y en cualquier época del año. Había cumbias, porros, paseos, sones, vallenatos, salsas y cada vez se armaban más y más cumbiambas. ¡Qué tremenda parranda! Sonaron los tambores, las trompetas, las flautas de millo, los acordeones y las maracas.
Cuando comenzaron a cantar Yo me llamo cumbia los cuentos cantados se levantaron para iniciar la danza. Entonces vistieron su "pollera colorá", salió la negra a prender la vela y rieron al recordar el día en que "Moralito" se negó a hacer parranda. Era tanto el escándalo en este vagón que en el camino, el tren a ratos paraba. Brindaron por Lucho Bermúdez, por José Barros y su Piragua. Por Totó la Momposina, por Vives y por todo el que puso voz y música para iniciar sus danzas. La cumbia gritaba: ¡Denme un sí, denme un sol! y el vagón completo gritaba y gritaba.
No se sabía de dónde salían tantos y tantos cuentos cantados.
El vagón verde estaba un poco más vacío porque sólo estaba la música de semana santa. Al bambuco le dio tristeza. Llamó al pasillo y a sus amigas verdes de la montaña. En silencio recordaron a los abuelos, los sauces, los guaduales y las acacias.
Los cuentos de las canciones infantiles corrían de arriba para abajo en el vagón azulconblanco. Ni el negro Cirilo, ni Sammy el heladero, ni siquiera la bruja loca, pudieron contener tanta alegría por el paseo con los demás cuentos cantados. Las rondas jugaron el buen duque Juan, mientras el elefante se balanceaba. Federico y su mujer repartieron arroz con leche y café, porque a la iguana eso era lo que le gustaba. Elena la ballena bailó con la serpiente de tierra caliente, el coco-coco-codrilo y el osito de lana.
Y en el último vagón, en el rojo de pepitas blancas, iba el señor don Piero cantando su sinfonía de los animales, junto a JaraCuentaCuentos y María Elena Walsh con Manuelita, sus títeres y su gatopato.
Y así...rondas, cuentos, canciones y adivinanzas, saltaban, jugaban y disfrutaban.
Esa es la historia iniciada del paseo, de algunos cuentos cantados.

lunes, 5 de mayo de 2014

La finca encantada

Un extraño cuento pasó por aquí contando la historia de una finca encantada. Al parecer allí vivía un cura sin cabeza de nombre Plutarco. La finca se llamaba Las Jíqueras y quienes conocían su nombre se echaban a reir porque les parecía el nombre más feo que se había inventado alguna vez.
Libardo, su cuidandero, tenía unos pocos, pero muy pocos dientes. Se reía como se ríen los campesinos, a boca suelta sin importar a quién pueden despertar.
Y cuentan que una noche, una muchedumbre salió para la cañada a buscar el cura sin cabeza. Los niños rezaban para que no lo encontraran. Algunas mamás secretamente también lo hacían. Pero los papás y los tíos, lo mismo los amigos, soñaban con encontrar el tesoro perdido.
Jamás lo encontraron. Creían ver al cura en cada hoja de plátano plateada por la luna y decían: "miren, alli va". Pero al despertar la platanera no se había marchado.

Cuento flojo de juegos y juguetes

Si los juguetes pudieran despertar de tanto olvido, convocarían a los juegos más queridos y a los recuerdos más alcolchados de la infancia.
Volvería a levantarse el enorme lazo de saltos hasta cien, con el reloj de Matusalén. Las ollas de los sancochitos revivirían entre el árbol de Lorenzo, el bombero regañón, y el alto tubo de la esquina, sonaría de nuevo apurando entre piedra y risas, el enorme carrerón.
Crujirían el carro de rodillos, la patineta azul y la rosada; rodarían de nuevo la bicicleta y el balón; y girarían sin parar el yoyo, el trompo, el toma-todo, la hula hula o el crayón. Subiría y bajaría la pirinola y se escondería otra vez el anillo para que no lo encontrara su "taita Javier". La "estatua" se desparalizaría para siempre, para correr desenfrenada junto al gato y al ratón. Todos jugarían pañuelito con "Teresa la condesa, tipitipi, tipitón".
Las cometas subirían a los zancos, brincarían en canguros y bajarían raudas trepadas en un cartón.
Blanca Nieves con sus siete enanos se negaría de nuevo a hablar con los romanos. Volvería a andar la diligencia, el carro y el tren con su vagón.
Y la cajita de música mostraría su brillante espejo con rodillos musicales. Volvería el olor de la maleta y sus coloridos números desordenados y desiguales. Olería a lápiz nuevo, a uniformes, a amistad... a "patio-salón"; después de cada juego también se convocaría al sabor, y entonces, aparecerían de nuevo las "solteritas", el cofio, el minisigüí, las velitas con coco, los recortes, la aguapanela y la agradable leche con su nata y su calor.
Volverían también las viejas tapas con cera y números, las bolas de cristal, el turro de la goloza, los sonajeros y los secretos en el cajón.
Los símbolos de hermandad y de amistad jugarían con alegría entre las identidades y las edades, sentados juntos en la banca hermosa de los cuentos dominicales.
Si los juegos pudieran volver desde la honda distancia del olvido, renacería por una vez más la banda musical de los retazos; se escucharían armoniosas las estruendosas tapas, los baldes, los molinillos, las cucharas, las maracas y los tarros. Y entonces... cinco hermanos volverían a estar bajo la mirada adivinadora y amorosa de su madre.

martes, 29 de abril de 2014

El contador de chistes

Juancho era el contador de los chistes más flojos y desmechados. Cada domingo, después del almuerzo familiar, aprovechaba que todos estaban reunidos para parar a la audiencia con un "les voy a contar un chiste". Todo el mundo se miraba y pensaba ¿con qué irá a salir hoy?
Y empezaba a contar los chistes más flojos que se hayan podido inventar. Cuando él terminaba miraba seriamente a uno por uno esperando la risa. Y sus chistes eran tan tan flojos que daban mucha, pero mucha risa. El contador de Micoloco le decía: "Juanchoooo... ¿no te da pena contar esos chistes tan malos? y Juancho se reía y se reía y volvía a empezar.

Irma la muñeca

Cuentan los cuentos de una niña callada, que Irma era una muñeca grande que olía como sólo huele una muñeca nueva en la maravillosa infancia.
Tenía cabello café de pasta, siempre quieto, siempre peinado; como una reina o una modelo de revista de figurín prestada. Sólo se comparaba con la hermosa y pequeña muñeca negra, que habitaba en los brazos de Lucero, la hermana. Era tan bella como Irma. Parece que se llamaba Nuri... Ambas no hacían otra cosa que dejarse cargar suscitando historias de maternidades aún no exploradas.
Un día, quizás a través del anual nacimiento del Niño Jesús, llegó Blanca Nieves (igual de pasta rígida y quieta, pero colorida como un mural de Pedro Nel Gómez); y llegó triunfal con sus siete enanos. ¡Eran hermosos! ¡Olían delicioso! Y en las tardes bajaban de la radiola de teclas donde usualmente se montaban.
Y entonces... un día, después de la llegada de Blanca Nieves, Irma desapareció. Se fue. ¿Qué pasó con ella? También ese cuento se deshilachó.
¡Quién sabe...! A lo mejor se fue llena de tristeza al oscuro cuarto de atrás de nuestra casa. Sólo vuelve de vez en cuando en fotos grises y blancas la muñeca querida y olvidada.

lunes, 28 de abril de 2014

El legendario MICOLOCO

A todas estas, mientras los cuentos andaban y andaban desde todos los lugares del mundo, un cuento cortico creyó ver al legendario Micoloco descansando en una enorme casa de campo que parecía la cola de una estrella fugaz. No lo podía creer. ¿Será verdad que yo tan cortico lo haya encontrado? Resuelto a no quedarse con la duda tocó a la puerta pero nadie le respondió.
El radio que estaba prendido dando las noticias se quedó en silencio de un momento para otro. Quizás alguien lo apagó. Parecía que nadie respiraba adentro. Ni siquiera se escuchaba afuera la brisa cantarina que elevaba cometas en esos meses del año.
El cuento cortico, extrañado, volvió a tocar. Se asomó por las 16 ventanas abiertas y no vio nada, excepto claro está, los muebles color arco-iris, una colección de flores nacidas exclusivamente bajo los puentes imaginados por Micoloco y muchos picos de gallinas enmarcando pinturas de extrañas hazañas de guerras imaginarias, y cuentos contados una y otra vez, y siempre una vez más.
¡Qué raro! Pensó el cuento cortico. De acuerdo a los datos que tengo, hay muchos indicios de que éste sea el paradero final de Micoloco. Pero... ¿cómo saber si era él? Tenía entendido que realmente nadie lo ha visto tal cual es. Sabía de las gallinas, de los puentes, de las guerras, del valor incomparable de Micoloco, pero no sabía más.
O tal vez si... Hace muchos años, una mujer le había dicho que desde el lugar de cada cuento contado, recordaba la imagen de unas rodillas muy cerca a las suyas, un palillo o un espartillo en la boca y una risa estruendosa cuando aparecían las preguntas ineludibles de un... "¿y entonces... qué pasó?". Ahí fue donde el cuento cortico, descubrió que todas las materas de esa enorme casa, estaban sembradas de palillos como si fueran la cerca de un minipaisaje ideal.
Ese día, el cuento cortico tomó la decisión de no asistir a la reunión mundial de cuentos deshilachados y se quedaría buscando la imagen del cuento legendario en el corazón familiar.

jueves, 24 de abril de 2014

El lector de pinturas y los cuentos en el arroz

Ismael es uno de los primos preferidos de Salomé. Nació en la ciudad de las flores. Desde muy pequeño le gustaban los carros igual que a su abuelo y a su papá. En los cumpleaños casi todos le daban carros y motos de todos los colores y todos los tamaños. Hasta la abuela Necho le compró un día un enorme camión. ¿Sería verde o amarillo? Habrá que buscarlo en los tarros de las fotos viejas o en las memorias del computador.
El hada sabía que él era un ser muy especial, porque se le podía llamar con el pensamiento y él, que siempre estaba pensando, ahí mismito lo encontraba a uno para conversar. Es por eso que ese día, él se las encontró jugando a buscar los cuentos debajo de cada rincón. Aprovechó para saludarlas. ¡Hola Salo; cómo está señora hada¡ Y ya saludadas, a ambas les preguntó: ¿Les pasa algo? ¿Por qué esa cara de preocupadas?
Salomé le contó todo con mucho detalle y él se sonrió despreocupado.
Tranquila Salo que yo sé dónde están algunos cuentos deshilachados.
Cuando yo era más chiquito, pero mucho, mucho, mucho más chiquito, mi tía Marta me enseñó a ver los cuentos de los cuadros. Jugábamos a imaginarnos qué pasaba en las pinturas que encontrábamos en los cuadros. Puede que se hayan metido todos en los cuadros de las casas, los museos o las iglesias... que se hayan ocultado y por eso no los pueden encontrar.
Aunque esperate un momentico que me acabo de acordar que cuando me yo no quería comer me contaban cuentos de aviones que volaban y trenes que entraban por el túnel de la boca. Así me comía la comida. Puede que haya cuentos colgados en las cucharas o escondidos debajo de la sopa, hasta que uno la logre terminar.
Si quieren yo les ayudo a buscar. Es muy grave que no encuentren los cuentos, porque así mismo se perderán las novelas y las poesías y se irán borrando todos los libros escritos. Con razón Nico lloró.
El hada estaba fascinada. Nunca pensó que también los cuentos se ocultaran en las sopas y menos en el arroz. Cuando volviera a casa les contaría a sus amigas lo que había descubierto.

La promesa

Salomé era muy muy amiga de las hadas. Le gustaba mucho estar con ellas por hermosas, coloridas y porque reían a carcajadas.
Esa noche, preocupada por la promesa que le había hecho a su hermano Nicolás, llamó al hada más pequeña, a la que le habían regalado todos los colores para sus alas, y le contó el enorme problema que se iba a armar si no encontraban los cuentos deshilachados. Le dijo que tenía algunas sospechas y que por favor le ayudara a buscarlos. Le contó del llanto imparable de su hermano. Ahí fue donde el hada le preguntó si es que estaba muy groserito y malcriado. Salomé lo defendió como siempre, diciéndole... ¡no señora, es sólo por los cuentos que todavía no hemos contado!
Cambió la conversación y dijo al hada que posiblemente se habían ido en el barco DULCE VIENTO que ella misma le había comprado con su mamá, a su hermano. Y entonces, comenzaron a revisarlo todo. Debajo del pirata, en las velas del barco, en el mar, bajo las monedas pero no encontraron nada. Ella recordó que en la casa había muchos cuentos ya deshilachados que ellos mismos habían dejado tirados. Seguro estarían entre los juguetes, que por cierto eran muchos, o quizás debajo de las camas, del sofá, o incluso por dentro del piano. No podía dejar que el día se iniciara. Tenían que trabajar en la búsqueda toda la noche antes de que su hermano despertara.
De pronto... claro... ella se acordó que su mamá ayudó a embellecer el jardín de las hadas.
Pensó que tal vez los cuentos se metieron en las casas y decidieron en un sueño flaquito, salir a buscarlos. Como se avecinaba una tormenta, las casas estaban cubiertas por papeles de colores para no mojarse. Las mariposas amarillas, que no pudieron asistir al entierro de Gabo, sujetaban bien los papeles para no dejar mojar la casa. Pero... ¡Tampoco!. Allí no había nada.
Hada, por Dios, ¿qué vamos a hacer?, le dijo angustiada Salomé. El hada subió los hombros y le dijo: hummm, y yo se pues... Busquemos a otros niños a ver qué saben de esta desgracia.
Pero como las niñas no deben salir solas de sus casas a altas horas de la noche, entonces volvieron a cerrar sus ojos y se fueron de sueño en sueño, buscando vecinos, primos y amigos para que les ayudaran.